Allí, justo en aquella esquina, ayer descansaban apoyando sus viejos cuerpos contra el muro dos ancianos. Uno contaba al otro una historia increíble.
Llegué tarde, me perdí la situación, me perdí el tiempo, y aún así me deleité como un niño, como cuando yo mismo fui niño.
Un cuento relatado con esa fatiga propia de un orador experimentado.
Tengo en el alma esculpida la belleza de la protagonista, y ahora vivo enamorado de su mirada, de su hablar, embelesado, perplejo, dibujado mi corazón en su sonrisa.
Reconozco que no sé la causa de esta incoherente sensación. Puede ser que el perderme la introducción o la causa que desató el relato me haya privado de algunos matices, que hubieran concretado y explicado mis sentimientos.
Da igual, es algo vivo, palpita de una manera tan voraz…, devora mis malos pensamientos, ataca los malos recuerdos, me tranquiliza.
Ahora que nadie me oye, me hace débil, me hace tan vulnerable, tan frágil... Si alguien más hubiera oído esa belleza…, si alguien más hubiera oído su pelo, su andar, su piel, yo lo oí, escuché como era, escuché su olor, escuché su sabor, su alma recorrió la mía como un rayo el espinazo recorriendo en escalofrío cada poro, cada suspiro.
Magnífica historia, ojala alguien más la hubiera oído, o no, así es mía, sólo mía.
Belso Ruy Nogal
viernes, 5 de junio de 2009
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