Era aquella una sensación desagradable. Sentía la impotencia de las manos cuando se esfuerzan inútilmente por no perder el viento, la desilusión del mimbre, compuesto en cesta, cuando se ve incapaz de retener el agua. Pero, era más intensa, más humana, como brasas que hieren quemando el corazón.
Fui más allá de mi memoria, e inventé un nuevo cuento. Aún no te habías ido, aún me necesitabas. Un te quiero y un te adoro colgados en las paredes de una habitación común.
Como la nieve te marchaste y como un desierto helado me quedé. No supe ver que volabas con nuevas alas y no pude ver que yo ya sólo reptaba.
Ahora perdí el valor. Flaco en sentimientos espero lo inevitable de este sufrir, consciente de que otra vez será pasajero.
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